Parte II: El comercio castellano en el siglo XVI

Finanzas

Castilla tenía tres caminos: el de Sevilla conducía al Nuevo Mundo, el de Bilbao a la Vieja Europa norteña de toda la vida y el de Málaga hasta la Italia de los peperonis, con su Consulado del Mar de Burgos encauzando el mercado europeo en general, al lado de burócratas y escribas. Entre las mercancías más dicharacheras que salían de Castilla estaba el clásico aceite mediterráneo que (a imagen y semejanza de hoy (aunque no existía la marca “La Giralda”, posiblemente) se producía en el soleado sur de los olivos, con omega 3 y cosas sanas.

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El férreo hierro que venía de las Vascongadas, macizo, era también muy popular para las armas, armaduras y construcciones de todo género. Pero hay que resaltar el importantísimo papel de la lana extremeña (y andaluza) que por aquellos rincones del tiempo no era una zona tan ignorada como en el presente, que ya tenían la fuente de riqueza más básica (el ganado y los buenos pastos para mantenerlo, algo que explica porqué tantos conquistadores venían de allí) que a partir de los productores era comprada baratita por los listísimos mercaderes, lo cual es bastante lógico.

Dominando todo el tablero, las piezas textiles (que por cierto, la lana huele fatal) viajaban hasta Francia, Italia, Albión, pero ante todo se veían presente en los mercados de los Países Bajos, como si no existiera nada más. Por si fuera poco, los ibéricos le daban el salero al frío continente proporcionando grandes sacos de sal (España se convirtió en un proveedor de este mineral, necesario para la salazón, que era como “la nevera del siglo XVI” permitiendo, pues, conservar la carne y el pescado que recorría senderos y mares) y también el color, con la cochinilla (segrega un tinte rojizo para teñir) que se traía de las Indias y las islas Canarias.

A pesar de mover ingentes toneladas de mercancía por todo el mundo, estábamos en desventaja. Al fin y al cabo lo que exportábamos tampoco tenía tanto valor (eran materias primas) y lo que importábamos y entraba a nuestras fronteras lo tenía y bastante (eran productos manufacturados). Por ejemplo: los paños de los buenos, las telas que daban gusto verlas venían del extranjero, sobre todo de los Países Bajos, archiconocidos por su calidad textil.

La vetusta Rusia, junto con Polonia y Francia nos vendían cereales para vivir más o menos bien ya que nuestro campesinado no era lo suficientemente productivo todavía y las gachas de trigo debían estar en su alimentación, ¡el pan era sagrado! Porque si no, ¿con qué iba a acompañar un jornalero su plato de ajos? Los antiguos vikingos de la península escandinava, por su parte, nos surtían de madera de sus soberbios bosques y pescado; y Alemania objetos de hierro o bronce, como siempre. Los libros venían “de fuera”, así como el papel para hacerlos nosotros, y el estaño de Inglaterra. De este modo no teníamos una economía lo demasiado sólida para estar seguros, lo mismito que pasa ahora que vivimos del turismo y la construcción por culpa de la reconversión industrial. Podríamos tomar nota.

Sin embargo España parió grandes economistas, pioneros que sentaron las bases de todo lo posterior o al menos sacudieron bastante las teorías económicas. Hablamos, por supuesto, de la Escuela de Salamanca, lugar que vio nacer también el derecho internacional.

 

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